Dibujo e imagen de Luis Royo.
Bailar para ti... 9.
.- La primera vez, que te vi, cruzabas por el
paso de peatones hacia la playa, corrías...
La música de mi coche estaba a tope, tu
llevabas los cascos de música puestos y me fijé en tus piernas, me dije...
guauuu. Luego continué riéndome, estaba claro que necesitaba sexo...
Esa confesión simple, sin ninguna intención,
era tan sincera, que me recordaste a un niño pidiendo agua.
La suave brisa, te acariciaba a la vez que mis
ojos.
Continuaste, como tratando de explicarte, yo no
necesitaba explicaciones, pero si me las regalabas, las dudas no navegarían en
mi dichosa cabecita.
.- Hubieron más veces, muchas, casi todos los
días. Cuando yo me dirigía al trabajo, te pillaba o corriendo por el paseo o
parada embelesada mirando el mar. Incluso llegue a saludarte alguna vez con la
mano o con alguna sonrisa, desde el coche, jajaja, tu no podías verme claro,
estabas tan metida en tu mundo, que incluso pensé que eras ciega.
No podía creerme que hubieras estado tan cerca
de mí y yo, no notarlo, en ese momento, hipnotizada con el movimientos de tus
labios y el sonido de tu voz, me parecía... imposible.
.- Uno de los días, en los que había tenido una
guerra en casa. Salí dando un portazo, enfadado con el mundo, sin entender ni a
mi mujer, ni a la distancia que se había interpuesto entre nosotros, silencios
y más silencios, para luego un día, bañarlos con gritos y reproches.
Dato que se me hincó en el centro del pecho,
oír aquello, no eras libre... no lo eras.
Me sentí la atleta que se prepara durante años
para la olimpiada de su vida y cuando llega, sufre una lesión, obligándola a
ver la carrera... desde las gradas.
.- Iba como un demonio, echaba humo, incluso
golpeé el volante al parar en el semáforo. Y miré hacia el mar, estabas allí, castigándote
con el agua helada, creo que era febrero, quise unirme a ti y te juro que me
faltó lo mínimo para hacerlo, incluso aparqué cerca.
Me miraste de frente, en tus ojos, reflejabas
la agonía, el dolor y la incertidumbre.
No quería oír más, solo besarte, abrazarte y lo
siento, soy una puñetera impulsiva, no atiendo a la razón, no me paro en las
normas, no me se frenar, cuando mi corazón cabalga más rápido que la propia
vida...
Y eso hice, me arrodillé acercándome a ti, te acogí
entre mis brazos y busqué tus besos. Lo hice con la intención de acallar
nuestras tormentas internas. Con la esperanza de que nuestros besos, nos
hicieran olvidar quiénes éramos, tú y yo, por separado, para convertirnos en
quienes éramos juntos.
La dulzura de la noche, se convirtió en la
actriz secundaria de la escena... El cielo, el mar, la arena, en el decorado
del escenario. El sonido de las olas, en la banda sonora. Nuestros besos, los
verdaderos protagonistas de la historia...
Una batalla a besos.
"Os
voy a contar un cuento, una historia breve, que trata de unas pocas horas, en
cualquier playa del mundo, con música de fondo, con calor y dolor en la
entrepierna, con mucha dulzura, mucha más de la que se podría resistir, con
sabor... si, sabor a sus besos...
No importan los protagonistas, no importa el
tiempo, ni sus circunstancias, no importa cómo llegaron hasta ahí, pero si
importa la sensación, lo que sintieron... como pueden derretirse dos cuerpos,
con el simple fuego de sus besos.
Ellos decidieron que lo que pensara el mundo
les importaba un bledo... querían descubrirse y comenzaron a hacerlo. Ella se
rindió sin remedio, aun sabiendo que no debía, aun sabiendo que estaba muerta
de miedo...
Abrió
su boca, busco su lengua y perdió su guerra... ni siquiera pidió tregua, tuvo
que ser él quien parara las flechas, el que controlara las tropas, el que
dirigiera la táctica... porque ella cayó al primer ataque a besos.
Pero como una Juana de arcos cualquiera,
levantó su cuerpo, extendió sus alas, y aun sabiendo que había perdido,
desplegó sus armas...
Justo en ese instante, ya no sintió miedo,
ya no temía sufrir, ni morir, no temió el dolor, porque estaba demasiado
acostumbrada a el... se quitó uno a uno, cada escudo, se desprendió de su armadura
y se quedó completamente desnuda.
Retándole, mirándole de frente, sacando
valor del mismo sitio en que sentía dolor, arrancándole ilusiones al tiempo...
Firmaron tratado de paz, solo el tiempo
suficiente como para morirse de ganas, de luchar otra vez, de lanzarse hasta
caer muertos.
Cuando esa batalla se dé, si conocéis el
resultado... es que habré sobrevivido al encuentro, si no, quizá es que me
costó demasiado el riesgo..."
Y creedme, estas batallas se dan en todos los
rincones del mundo y no hace falta un arma, para herirte profundamente...
aunque a veces la herida sea tan hermosa como un tatuaje que te adorne el
pecho... o en mi caso, el hombro.
Esto lo escribí a la mañana siguiente del
encuentro, puedo jurar que estaba enferma, que me sentía invadida, dichosa, que
era más hermosa, más mujer, más inmensa, de lo que había sido hasta ese día, en
toda mi vida.
Nos marchamos de allí, borrachos de besos, de
pequeñas caricias, completamente inocentes, pero que nos llenaron mucho más que
si llegamos a hacernos el amor en plena playa.
Tú me acariciabas en la espalda, por encima de
la falda, donde empieza el culo, en la cintura, juro que me he tenido que
retener para no tatuarme tu nombre ahí mismo.
Yo acaricié tus hombros, tu pecho, mientras te
besaba, incluso hasta bailé con el sonido de las olas, entre tus brazos.
Acercabas mis caderas a las tuyas, tanto, que
podía notarte totalmente excitado y enfermar de ganas, rompiéndome en mil
pedazos en cada beso.
Me costó la vida, subirme a esa moto, que me
dejaras en la puerta de la disco, coger mi coche, arrancarlo y alejarme de ti,
sin hacerte el amor esa misma noche.
Estuve días y días, enferma, enferma de verdad,
enferma de ganas de ti.
"SoloAlas"...
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