Nos
quedaban dos salas cerradas por abrir, pero ese día decidí cambiar
completamente una de ellas, escuchando reproches y advertencias de mi hermana y
Patricia.- Estás como una cabra!!! ya estaba todo listo, la musa escogida, ¿Qué
vamos a hacer con todo esto y con la pintura, etc.?
La
pintura de Oscar se dejaría, era perfecta, solo había que cambiar el tono de
las paredes, la decoración y la musa, cambiarla no, buscar otra más. Porque
para la nueva sala, era imprescindible que fueran dos pájaros en el cielo...
.-
¿Y qué tiene que ver el dibujo con dos pájaros en el cielo?, Nena, me estoy
cabreando, o me lo cuentas o me piro. Mi patricia amenazaba con irse
continuamente, es más, lo hacía, llegaba a la parada del autobús y volvía con
los ojos emocionados, preguntaba.- ¿Tu me puedes llevar a Fuengirola?, nena. No
podíamos evitar descojonarnos, acabábamos muertas de risa y llamándonos tontas,
la una a la otra.
Ese
día le dije solo dos cosas que iluminaron su sonrisa.
.-
Esta sala es tuya, ponle el nombre que quieras, decórala como se te antoje. Eso
sí, hazlo viajando continuamente al momento en que mirabais por el cristal.
Su
respuesta.- Uff, voy a estar cachonda muchos días.
A
la semana justa, me tapó los ojos, me había prohibido asomar la nariz, recalcando
continuamente.- Ni se te ocurra espiar!!
Me
llevó a la puerta de entrada y las abrió, me introdujo lentamente, hasta
situarme en el centro, volvió a cerrar la puerta, puso la música y me destapó
los ojos...
El
dibujo seguía allí, en la pared central:
Un
universo inmenso, lleno de estrellas y planetas en oro y plata, brillantes, con
el fondo en negro intenso.
Un
único espejo cubría totalmente el techo, al igual que en las paredes laterales.
Con el efecto óptico, de estar allí mismo, rodeado de estrellas, de planetas. Oros
y platas inundaban la sala.
El
suelo era de moqueta color plata, increíble...
La
música me envolvió, jazz. Saxo y piano, tan sensual, tan insinuante...
Cuando
mis ojos se acostumbraron al maravilloso entorno, volvió la Cris creativa,
tenía que reconocerlo, Patricia no pudo hacerlo mejor.
El
flutón estaba bajo el dibujo, una colcha plateada. Al tacto te dabas cuenta de que
era metal, metal tan finamente trabajado, que parecía seda pura. Como cojines,
dos círculos enormes, de plumas pequeñas negras... precioso.
A
un lado un altar cubierto con la misma tela de la colcha, de varias alturas,
lleno de porta velas de distintos tamaños y formas, en dorados, negros y
platas, en representación desordenada, pero solo verlos encendidos... una
maravilla.
Dos
barras verticales, de baile, separadas la distancia justa para no entorpecerse.
Tras las barras al fondo, la puerta de entrada de las musas, simulada de
espejo.
Al
otro lado, una mesa baja, rectangular, negra, rodeada de pufs del mismo tono.
Sobre
la mesa, un regalo... me emocioné, mi primera, bueno mi segunda, porque la primera
la destruí, mi novela... Bailar para ti. Publicada e ilustrada, una única pieza
de edición, tal cual, sin corregir, con la portada plateada y con una zapatilla
de ballet dorada de puntilla, en forma de relieve...
No
pude evitar acariciar la portada, lentamente, la mojé con una lágrima. Patricia
me apretó fuerte el hombro. La abrí por una hoja cualquiera, intenté leer, pero
ya sin gafas era imposible.
Y
mis gafas al otro lado...
Patricia
me las puso, mirándome, besándome en los labios... -Estás guapísima...
Leí.
Había un sendero entre viejos
sauces, era otoño, el camino estaba lleno de hojas caídas, el atardecer se
teñía de marrones y el aire, olía a tierra húmeda.
Al final del sendero, un viejo
caserío de piedra, yo jamás había estado allí, tenía la sensación de estar
perdida, de buscar algo, no sentía miedo, al contrario, estaba maravillada por
el paisaje, por la luz del sol, que cayendo, se filtraba de entre las ramas
desnudas de los arboles.
Mis ojos completamente abiertos,
mientras recorría el sendero, las yemas de mis dedos, paseaban por las cortezas
duras y ásperas de los sauces, me encanto la sensación de acariciarlos.
El aire estaba frío, ya se notaba
la entrada del invierno, yo llevaba tan
solo un jersey de lana fina y un viejo vaquero, sentí que el frío se colaba por
los pequeños agujeritos de mi jersey, haciéndome estremecer.
Sin querer me abrace, comencé a
sentirme un poco mas sola, pero la sensación no me dio miedo, te llevaba en el
alma, aunque no te viera, no estabas presente, me sentí acompañada por mis
sentimientos.
Divertida, extraña, sintiéndome
un poco especial, mire al cielo, reté a ese Dios, diciéndole, párteme en dos si
quieres, pero no lograras arrancar de mí este sentimiento, pecado, he pecado,
¿y qué?, ¿nos hiciste tu imperfectos?, le lance un beso con mis dedos.
Miré
el techo y reté a ese universo. Todo aquello, con tan poco mobiliario, era
inmenso.
El
nombre que había escogido Patricia para la sala... Universo.
Y
el ritual estrella... Bailar para ti.
Para mostrarme el
ritual estrella, me dijo.- Nena, yo no sé contártelo, es mejor que lo veas...
Nos sentamos en los
pufs, de cara a las barras y pulsó un pequeño mando. Se me abrió la boca de par
en par.
.- Coño! ¿Hasta
mando a distancia?... jajajaja, no pude evitar reírme.
Se me cerró la boca
de golpe. Del techo... con minúsculas aberturas en formas de círculos,
inapreciables en el espejo. Se deslizaban, finísimas cadenas de brillantes
diminutos, que bajaron hasta colocarse a distintas alturas.
La música se
reiniciaba y la puerta de espejo se abrió hacia un lado automáticamente.
Hicieron su entrada,
las musas... a Andrea ya la conocía, la habíamos escogido para la sala descartada.
La seleccionamos, por su cuerpazo, por su pelo negro largo y sus ojos azules,
enormes. Tenía unas tetas de infarto, naturales, bien puestas y grandes. Pero
no tenía ni idea de que había sido strippers y sabia bailar la barra.
La otra, pregunte su
nombre... Zaira, me pareció increíble la casualidad, mis dos sobrinas pequeñas
se llaman igual que ellas, no pude evitar sonreír entusiasmada, eso era una
buena señal.
Zaira, era un poco
más baja, con el pelo largo, negro también, rizado, tirabuzones y bucles desordenados
de una forma original, una melena preciosa.
Sus pechos parecían
más pequeños, luego lo comprobé, pero igualmente hermosos, aunque los de Zaira
estaban claramente operados.
Iban vestidas con
unos monos de media negra, ajustados y transparentes. Una sola pieza, con
cortes, arañazos, simulando haber sido desgarradas por una fiera. Maquilladas
con lagrimas en brillantes y negro, labios en plata con serpentina. Zapatillas
de ballet... doradas.
Ver sus siluetas
totalmente definidas, enfundadas, dejando entrever los pezones y el resto del
pecado que prometían. Dejaba una sensación de miedo por perder la cordura,
adherida al estomago.
Saludaron a modo de
bailarinas, en plié. Y Danzaron las barras, en perfecta coordinación, girando,
bajando y subiendo a la vez. Hasta quedar de pie, una frente a la otra, posadas
en las barras. Mirándose profundamente.
Zaira llevaba
un collar con una pequeña garra, una uña de plata. Arrancando con ambas
manos, se acercaba a Andrea, tiraba de la abertura del cuello y rajaba por el
centro lentamente, solo un trozo, luego con ambas manos desgarraba aquella
media, hasta la altura de las caderas.
Le comía la boca, y
luego las tetas. Se arrodillaba justo a la altura de la vagina, enterraba la
cara en ella y por encima de la media lamia, con la punta de lengua.
.- ¿El placiente que
hace? ¿Donde está en ese momento?, pregunté a Patricia, viendo que yo era
incapaz de contenerme, un placiente, mucho menos...
.- ¿Ves las cadenas
de brillantes?, asentí.
Y sacó de sus
bolsillos, dos esposas separadas, con brillantes engarzados. No hacía falta
decir más... Me lo imaginé, de pie, enganchado a esas cadenas, mirándolas,
completamente empalmado.
Andrea se mantenía
la abertura de piernas, de puntillas, mientras la otra musa, lamía y acariciaba
con lengua y dientes. Con las manos, tiraba de las cintas doradas de las
zapatillas y acababa de desgarrar el atuendo, dejándolo caer hecho añicos al
suelo.
Andrea, alzaba las
piernas a la vez, en forma de uve. Ayudándose con la fuerza de los brazos y el
apoyo de los hombros de Zaira, bajo el culo. Elevándose hasta rozar las
estrellas con las puntas de los dedos. Zaira seguía con la cara enterrada entre
sus piernas, ya en pie.
Se separaban solo
centímetros, los justos para bajar y mirarse jadeantes al ritmo de la música.
Se repetía la maniobra, al contrario.
Ya desnudas, las dos
se dirigieron a las cadenas, simularon desatarlas. Entonces Aeneas entró.
Completamente desnudo y excitado, Patricia avergonzada se tapo los ojos riendo
en bajito. Eso me sacó un poco de la imagen, pero sacudí la cabeza y disfruté
del momento.
Cada una de una
mano, lo llevaron al flutón y lo invitaron a tumbarse.
Se colocaban delante
de él, justo debajo del universo en pie, una frente a la otra, sin dejar de
mirase a los ojos. De algunas de las cadenas colgaban estrellas de cristal, que
resultaban ser botellitas, con esa forma. Justo al lado de ellas… dos. Sin
descolgarlas de las cadenas, las abrieron y dejaron caer el aceite de oro
blanco liquido, por sus pechos, acariciando para extenderlo, una a la otra… El
resto del aceite lo dejaron caer en forma de lluvia por el cuerpo de Aeneas.
Los masajes
normalmente comienzan de pies a cabeza, pero este ritual era al contrario,
ambas colocadas a la cabeza de él, arrodilladas, con las piernas entreabiertas,
masajeaban un hombro, bajaban los brazos y entrelazaban los dedos, a la vez.
Deslizaban sin entorpecerse, la una a la otra, definiendo el terreno de cada
una, una mitad perfecta. Como línea imaginaria, el culo. Allí se recreaban con
manos, pechos.
El placiente, en
este caso Aeneas, tocaba y participaba, pero con la misma regla de siempre, sin
introducir.
Bajaban y subían en
dirección contraria, besándose entre ellas, tocándose, hasta acabar con esos
mismos besos y caricias en los pies.
Eso produjo que
Aeneas, se diera la vuelta automáticamente, para verlas de cerca, tocarse y
besarse, tan de cerca que sentándose, se unió a ellas. Y formaron un círculo
cerrado de caricias, de besos alternados, resultando imposible adentrarte en
el, a no ser que, fueras aire…
Y así en círculo, se
tumbaron, presionando las dos, el cuerpo de Aeneas, que se unió a sus pieles,
confundiéndome, sin saber cuál de ellos era hombre y cuál mujer.
Levantado por las
alas de las musas, guiado hasta las cadenas frente nosotras y esposado a ellas,
Zaira se arrodillaba y colocando un preservativo, comió, lamió y bebió de su
pene.
Andrea volvió a la
barra de baile y así desnuda, giró y giró, hasta culminar en el orgasmo de
Aeneas.
Desataron y
saludaron, saliendo los tres del Universo, dejándome allí completamente
invadida, con el pecho lleno de estrellas y los ojos tan negros como el fondo
de aquel universo.
Patricia me había
regalado mi Universo. Aquel donde los pájaros se hacen el amor, en pleno vuelo,
donde bailé para... mi misma. Cuanto tiempo llevaba sin bailar...
Solo
he sentido verdadero fuego interno, pasión pura, rabia y desconsuelo e incluso
odio o me he permitido sentirlo, escribiendo y bailando.
Aunque
con amor, pasión y entrega absoluta he hecho muchas cosas, casi todas, incluso
a quien no lo merecía...
Cuando
acabó el ritual, yo estaba completamente emocionada, por mi cara, rodaban
lágrimas, la belleza me había encogido, sintiéndome una de las estrellas que
había plasmadas en aquel maravilloso dibujo ilustrado de la pared.
¿De
dónde habían salido aquellas bailarinas?, musas bailarinas, estaba segura de
ello, por la perfección de sus movimientos, porque al alzarse no temblaban ni
uno solos de sus músculos, flotaban en el aire. Cualquiera que haya bailado o
ame el baile, sabe que hacer eso es imposible, si no es con trabajo duro, con
horas y horas de ensayos, entrenamientos, años de carrera, de preparación
física. Y ellas lo habían hecho...
No
iba a quedarme con las dudas, quise saberlo todo de ellas, sus ojos y miradas
me invitaron a hacerlo...
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